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Adiós a La Romana de la avenida Jiménez – Columna de Mauricio Silva – Gastronomía – Cultura



La semana pasada desapareció de la geografía bogotana un referente de nuestra gastronomía: La Romana (Av. Jiménez n.º 6-65). Con el cierre de este café-restaurante se fueron, de un tajo, 56 años de historia capitalina.Todo comenzó en 1934, cuando el italiano Antonio Iannini abrió el restaurante Internacional (calle 13 entre 7.ª y 6.ª), que pronto se convirtió en una completa revolución, gracias a su oferta cosmopolita. El suceso fue tal que tuvo que abrir un almacén, justo al lado, llamado La Bodega Moderna, en el que vendía charcutería y licores importados.
En 1964, un paisano suyo creó una cafetería de 40 puestos en la Av. Jiménez, a la que le puso La Romana. El administrador de ese lugar fue César Iannini, hijo de don Antonio, y fue él quien le propuso a su papá hacer pasta casera en La Bodega Moderna, para vender en La Romana. (Lea también: ¿Qué sería de mi ciudad sin…?)Tal fue el éxito de la idea que, en 1966, los Iannini se hicieron con el negocio, ampliaron el menú –pizzas, pastas frescas y desayunos– y crecieron físicamente a 60 puestos. Por esos años, tumbaron el pasaje Santa Fe, para abrir lo que hoy es la plazoleta del Rosario. Fue así como La Romana quedó coronando la esquina noroccidental. A finales de los años 60, ese local se convirtió en punto de encuentro de estudiantes, periodistas y abogados. Era atendido exclusivamente por meseras y como regla, que aparecía en la carta, los clientes solo podían tomarse hasta tres tragos. Abría de lunes a sábado –desde las 7 a. m. hasta las 8 p. m.– y a cualquier hora atendían un café o todos los platos de su carta. Sus 10 tipos de desayunos se convirtieron en otro gran distintivo y, en 1976, lograron adquirir el local de al lado. Entonces pasaron a tener 160 puestos. (Puede interesarle: Volveremos)Tuvo la bellísima particularidad de haber sido el primer lugar donde las mujeres, solas, se encontraban a tomarse un vino; precisamente por lo cual el dueño decidió institucionalizar una elegante cortesía para ellas: una copa de ‘vermouth’.También fue punto de encuentros amorosos. Fue el lugar donde floreció, por ejemplo, el romance entre Gloria Pachón y Luis Carlos Galán. Fue tertuliadero de juristas y, claro, cueva de poetas: Mario Rivero no capaba semana sin raviolis y vino.En 1974, bajo las mismas características, Iannini abrió La Salerno (cra. 7 n.º 19-48), que en sus últimos años pasó a llamarse La Romana y que también acaba de cerrar sus puertas.

Queda hoy La Romana de Chapinero (cra. 13 n.º 54-27), desde donde despachan todos los símbolos de su carta: ‘lasagna bolognesa’; pizza napolitana gruesa; espagueti a La Romana –que de romana poco, porque llevaba salsa blanca, jamón, champiñones y pollo–; milanesas de res y de pollo; todo tipo de raviolis y, claro, el tiramisú que aún hace la legendaria pastelera Yaneth.Pero aún me cuesta creer que ya no está ese local esquinero en la Av. Jiménez que decía La Romana. Adiós a un referente.MAURICIO SILVAEditor de BocasEn Twitter: @msilvaazul

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